Trauma y des-pertenencia
Me fascina la noche porque puedo adentrarme a los escombros de mi alma sin interferencias externas en el pensamiento, puedo ser yo misme y mientras la gente duerme, merodeo en los pastizales neuronales. No hay nadie, salvo mi libertad y calma.
Muchos critican la soledad, pero prefiero estar con ella, me brinda seguridad y templanza; la socialización es tortuosa cuando los seres que te rodean solo piensan en sus intereses.
Por mucho que lo intente no encajo; me toman por locura. Sé escuchar, pero ¿por qué nadie escucha lo que digo? No soy originarie de este mundo, pensé que me adaptaría, pero desde que llegué aquí, los humanes me han herido, me han llenado de resentimiento y miedos.
A pesar de todo eso, reconozco que fuera de este mundo alguien me espera. Por ahora, mi único lugar seguro es conmigo, y, a veces, eso también resulta doloroso porque mi cerebro está diseñado para socializar, es una necesidad natural, y aunque no sé hacerlo ¿Cómo adentrarme a un mundo donde lo que soy no encaja con sus reglas?
Amo la Tierra, mis raíces, soy creación divina, pero no puedo negar que espero con ansias la unificación con mi verdadero espíritu, fuera de este cuerpo y esta personificación.
Es inhóspito la sensación de des-pertenencia, no pertenecer a nada establecido, sufrir desolación y rechazo a causa de no ser como el resto ¡Humanidad asquerosa! Detesto a las personas, y no en el sentido tajante, no odio a nadie en realidad, simplemente es detestable que las personas se sientan en negación con mi esencia.
Reconozco que soy diferente, pero eso no es malo; al contrario, he aprendido a amarme a pesar de estar en un mundo con personas que egoístas, estoy aprendiendo que ese amor solo me lo puedo dar yo misme.
Admito que sigo tratando de crear un equilibrio entre creación y co-creación, y eso empieza sanando mi herida, la des-pertenencia.
-Escritos, 2018.

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